Philippe es un aristócrata millonario que se ha quedado tetrapléjico tras un accidente de parapente. Harto de cuidadores que le tratan con lástima, decide contratar a Driss, un inmigrante senegalés recién salido de la cárcel que vive en los suburbios de París.
Aunque parecen opuestos en todo (cultura, dinero, gustos), Driss le ofrece a Philippe lo único que nadie más le daba: tratarle como a un igual, sin compasión. Juntos descubren que la vida es mejor cuando se rompen las normas.
La película muestra dos Francias muy distintas: la de los palacios parisinos (Philippe) y la de los bloques de hormigón de la *Banlieue* (Driss). Analiza cómo el entorno condiciona las oportunidades, pero no la humanidad de las personas.
Philippe dice: «Es exactamente lo que quiero: ninguna compasión». Driss a veces olvida que Philippe no puede moverse (le pasa el teléfono, le deja solo un momento). Esos «olvidos» son la prueba de que le ve como una persona completa, no como un paciente.
El humor nace del choque entre la seriedad de la ópera y la risa incontrolable de Driss ante un disfraz de árbol.
La escena del cumpleaños donde Driss hace bailar a todos los invitados estirados simboliza la liberación.
Driss se burla de un cuadro abstracto carísimo diciendo que parece «una nariz sangrando sobre un fondo blanco». Sin embargo, Philippe le anima a pintar. Driss descubre que también tiene sensibilidad artística. El arte no es solo para ricos.
«No hay brazos, no hay chocolate.»
La película rompe el tabú de la discapacidad usando el humor negro. Reírse *con* alguien (no *de* alguien) es una forma poderosa de inclusión. Driss bromea sobre la inmovilidad de Philippe, y eso hace que Philippe se sienta vivo y normal.
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